
El textil del filme: El idilio entre el rojo y el azul
El cine es una realidad aumentada, o alterada, que existe por una brevedad frente a nuestros ojos y que nos obliga a acompañar la suerte de un sinfín de humanos que guían sus acciones por motivos particulares. Aunque las historias de estos individuos son las que suelen arrimarnos al filo del asiento, hay una infinidad de elementos que merecen nuestra atención para entender a profundidad el arte cinematográfico: la retórica de la imagen, el subtexto en los diálogos o las acciones, el lenguaje vivo que configura las imágenes, el montaje, el sonido, la música, la constitución de los espacios, la posibilidad de la poesía o, desde luego, los atuendos que visten los habitantes de la película. Invisible a simple vista a pesar de su notoria cualidad táctil y visible, la ropa es siempre una decisión importante, no hay personajes que vistan sólo por usar algo aleatorio, y si sí, esa misma premisa se explora a través de decisiones creativas meditadas; siempre habrá una serie de decisiones y reflexiones puntuales detrás del vestido – no olvidemos que hay preseas que premian la virtud de los vestuarios – que dotarán de vida, retórica y profundidad a los personajes

Bajo esta premisa, hablemos de Punch Drunk Love (2002), cuarta película del extraordinario director americano Paul Thomas Anderson. Esta es una hilarante película de amor, en clave de comedia negra, que se articula mediante un relato sencillo que sigue las peripecias románticas de Barry Egan (Adam Sandler), un hombre soltero víctima de abuso emocional por parte de sus 7 hermanas dominantes, quienes lo ridiculizan constantemente. Él lleva una vida solitaria, con ataques de ira que rompen su contención. Un día es testigo de un accidente automovilístico inexplicable… segundos después, un auto aleatorio, ajeno al siniestro, deja sobre la banqueta, justo frente a él, un armonio que Barry recoge y conserva por curiosidad. Ese suceso metafórico introduce – o anticipa – a Lena (Emily Watson) en la vida de Barry, la amiga de una de sus hermanas y con quien iniciara un trepidante y torpe romance configurado por secuencias memorables, actuaciones potentes, imágenes que transitan entre la realidad y la abstracción, líneas eróticas por teléfono, promociones imposibles en la compra de pudín de chocolate… y los colores rojo y azul.
La película sostiene gran parte de su discurso sobre el vestuario, utilizándolo como un recurso concreto mediante las prendas que portan Barry y Lena. En primera instancia rompe con la norma cotidiana con la que visten otros personajes, ya que su función es otra, la de visibilizar el mundo interno de sus protagonistas, una potente bastedad emocional que está apresada y anhela salir y expresarse en compañía de un individuo afín, de un otro que asimile sus carencias, que le complemente y funcione como bálsamo ante su torpeza frente al mundo ya que ambos se sienten solos, desconectados, incompatibles con los otros humanos que les rodean.

Al principio del filme, Barry se nos presenta como un hombre que se percibe pequeño, está acorralado contra el vértice de una pared con una gran franja azul que se replica en el atuendo que viste: un combo monocromático de azul intenso, el clásico corte norteamericano –sack suit- cuya figura extremadamente cuadrada, sin forma en la cintura, sin pinzas en los delanteros y de solapas delgadas ensanchan su corpulencia. Al inicio de la película confiesa que no sabe muy bien porqué viste de esa manera, o porqué compró siquiera un traje completo cuando se lo cuestionan en múltiples ocasiones. Pero su atuendo es vital, pues es todo lo que usa a lo largo de la película; su imponente presencia azul irrumpe y se aposenta en cada escena y secuencia. Esta decisión cromática nos demuestra un personaje melancólico y solitario, empecinado en aparentar una imagen empresarial que resulta ingenua…o quizás delata una anhelo inconsciente de experimentar la fluidez acuática, pero contenida, del azul… como si quisiera domar sus arranques de ira encerrándose en una pecera y así exterminar su soledad e insatisfacción.
No obstante, este patrón azul sufre una ligera adecuación, la integración de un color particular: el rojo en la corbata. Esta coloración es la que compone el vestido de Lena, el interés romántico de Barry, una mujer cuya psicología es igual de inestable que la de Barry. Al igual que él, ella también porta siempre un mismo tono – el rojo – durante toda la película, con la diferencia de que su vestido sufre diferentes variaciones a lo largo del relato. A pesar de sus semejanzas en cuestión psíquica, las diferencias entre ellos son latentes por su diferenciación cromática. El rojo devela que ella también desea un vínculo, pero sus formas de afecto obedecen a una naturaleza más intensa, una que busca el amor mediante una combinación muy propia de la pasión y seducción contenidas, pues Lena es, al igual que Barry, retraída y socialmente ansiosa.

Es muy bello apreciar la implementación del rojo en el atuendo azul de Barry, como si asimilara mediante esa acción la importancia que adquiere en su vida, sobre todo porque este uso cromático atraviesa una transformación sutil que va primero de la frialdad del azul en la corbata, pasando después por un primer atisbo de calidez al volverse esta en amarillo, para después pasar al morado y llegar, finalmente, al acento rojo. Esta lucidez en el empleo del color ayuda a construir un subtexto sólido con un recurso simple: el contraste cromático que evidencia el cambio dramáticoa, de la azulada melancolía a la dicha carmesí.
Al final esta es una historia de amor, la de dos seres disfuncionales que encuentran el anhelado sosiego de sus tristezas al coincidir y fundirse en un romance atípico, una fusión sutil como en el rojo de la corbata, y uno todavía más concreto en su abstracción, puesto que en la película existen secuencias que podrían fungir como interludios para separar ciertas secciones, pero que, en realidad, la conciencia de estos dos colores nos puede dar una idea mucho más aterrizada de lo que significa esta decisión estilística. Las secuencias en cuestión son una suerte de danza cromática de formas y líneas abstractas que parecen existir en armonía con la melodía que las acompaña, sin embargo, hay un color que predomina: el morado, resultado inevitable de la combinación del rojo y el azul.

Echar luz sobre las posibilidades del vestido es vital para comprender cómo es que se puede potenciar una obra dramática con aquello que no habla ni gesticula ya que, paradójicamente, las texturas, las formas y los colores que constituyen las prendas tienen una voz poderosa que vale la pena analizar para comprender las posibilidades de su uso en nuestra cotidianidad fuera de la ficción y, a la par, para comprender mejor las ficciones que nos conmueven desde el tejido que arropa a nuestros personajes.
P.R.O.B.