
La elegancia como acto contestatario
No es una idea nueva el que por medio de la vestimenta nos rebelemos contra lo establecido, esto como parte de fenómenos más amplios de transformación social; así ha ocurrido en diferentes momentos de la historia de la humanidad, nuestro atuendo habla, dice quiénes somos y a qué nos oponemos.
Lo que tal vez sí continúa sonando algo extraño es la asociación directa entre los conceptos elegancia y rebeldía, pues, cuando menos desde la mitad del siglo XX, pareciera ser que la rebeldía en el vestir se define por qué tanto logremos alejarnos de la elegancia, es decir: a menor elegancia, mayor será nuestro nivel de rebeldía. Lo anterior puede verse con claridad al pensar en la fuerza con la que prendas de tipo casual/deportivas o incluso de trabajo (workwear), se apoderaron de nuestros guardarropas como símbolo de libertad y de ruptura, el caso de los pantalones de mezclilla es tal vez el más emblemático, y de ahí, fácilmente llegamos hasta el momento en que agregamos prendas de deporte a nuestra vida diaria. Ahora es perfectamente normal llevar tenis sin que nuestro objetivo sea hacer alguna actividad física desafiante con ellos.

Entre las décadas de los 60 y 70 la rebeldía de los jóvenes apareció, en una de sus formas, renegando del estilo de la Golden Era (traje de tres piezas, sombrero y corbata), con el que se asociaba a las personas mayores, y por consecuencia a la imagen de “autoridad”. La mezclilla cobra relevancia en esta etapa, pasa de ser una prenda de trabajo a ser de uso cotidiano y a convertirse en el símbolo de la juventud por excelencia: “Si los mayores, la autoridad, lo establecido es vestir de traje, con el cabello corto y cara limpia, nosotros los jóvenes usaremos ropa que “no pertenece a la ciudad” la ropa del obrero, la mezclilla, pintaremos a mano nuestras playeras, nos dejaremos la cabellera y la barba largas y desaliñadas”.
Antes de continuar es importante mencionar que cuando hablamos de rebeldía nos referimos a hacer frente a algún tipo de autoridad y a lo que a esta rodea; la rebeldía puede manifestarse de muy distintas formas, pero nosotros nos centramos en la vestimenta.

Podemos rastrear uno de los momentos más representativos en los que la ropa aparece como un evidente acto de rebeldía, esto con George Bryan Brummell, considerado el primer dandy de la historia, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Brumell se hizo un nombre como un creador de tendencias en la corte en Inglaterra. Sus relaciones sociales y su originalidad, en la que el fit era protagonista, y no los ornamentos como era lo usual en la época, le permitieron crear un punto de quiebre en el significado de la elegancia de aquel momento, por lo que podemos situarlo como el primer rebelde del estilo, documentado. En esos años la excentricidad en los ornamentos, la sobresaturación de elementos brillantes y llamativos, y el uso de colores saturados y chillantes eran el común denominador en las grandes cortes y salones aristócratas, Brummell en cambio abogaba por las líneas limpias, la exaltación de la silueta humana a través de un fit bien definido por las prendas, esto sólo posible por la tijera de un maestro sastre. Cabe decir que el color azul marino, como el máximo exponente de la elegancia en la cotidianidad aparece de la mano de Brummell, ya que era su color predilecto; mientras el rey vestía de satén rosa y lentejuelas, Brummell se presentaba en los banquetes y bailes de azul marino y blanco, un acto rebelde para ese momento que, después, poco a poco fue imitado, al grado de ser algo vigente en la actualidad.
Es importante remarcar que desde la primera ocasión en que el término dandismo apareció, en torno al siglo XIX, este movimiento, marcado por sus características estéticas principalmente, fue considerado como un movimiento rebelde. Su propuesta en contra del uso exagerado de ornamentos, que caracterizaba a la época victoriana y en general al romanticismo, era, sin duda, un movimiento contestatario.

Posterior al fenómeno del dandismo impulsado por Brumell, Wilde, Lord Byron, entre otros, la relación elegancia-rebeldía comienza a diluirse; cada nuevo estilo es, en cierta medida, una respuesta al anterior, pero no se aleja mucho de los estándares de elegancia, hasta que, como mencionamos, llegan los movimientos contraculturales del siglo XX, que cobran fuerza a partir de la década de los 60 y estallan con la “revolución del menswear”; la “revolución de los pavorreales” de la Carnaby Street en los 60 y 70 en Inglaterra, y en el 69, especificamente con el boom del movimiento hippie y Woodstock en Estados Unidos.
Ambientes sociales más relajados nos han traído estilos cada vez más desenfadados, la apariencia de desaliño ganó fuerza en un mundo en el que el tiempo siempre “falta”; la ropa a medida fue quedando relegada gracias a la fuerza que tomó la industria de la ropa ready to wear; la atención a los lanificios y la hechura dejaron de tener importancia, porque alcanzar las tendencias de la moda, con su vertiginosa dinámica, es la meta.
Es importante resaltar que el objetivo de la moda, a diferencia del estilo y la elegancia, es homologar, de ahí que puedan identificarse con facilidad ciertas tendencias en cada temporada. No podemos decir que la moda nos lleve al nivel de usar un uniforme, pero sí uniforma nuestras supuestas opciones de vestimenta, con lo cual, indudablemente, se pierde algo de la propia individualidad, una parte de nosotros se disuelve, y esa, por exagerado que pueda parecer, es la tendencia.

— Se decía que la corbata, entre más apretaba el cuello del hombre, más alejaba a este de la libido, del pecado… Quizás es necesario volver a apretar el pescuezo del caballero y alejarlo del pecado que más seduce a nuestra actualidad: el mal del desinterés, el mal de la dejadez, el mal de la prisa.
Solía decir una escritora de estilo e imagen personal que la corbata es la ventana del hombre, que ahí es en dónde este plasma su personalidad, podemos entonces concluir que quizás es por eso que los hombres no usan más corbatas, porque la gravedad de la uniformidad social ha matado todo rastro de personalidad, y sin personalidad ya no es necesario anudar siete pliegues de seda granadina del Lago di Como alrededor del pie de cuello de las camisas.
Quizás ahora el atarse una soga de seda al cuello sea, pues, la manera de apartar la bota opresora de la tráquea de nuestra alma. — A.J.
Vivimos una etapa en la que la atención al detalle es considerada superflua, el tiempo lo es todo, ese es el establishment del estilo actual.

¿Cuál es la rebeldía actual?
Todo acto de rebeldía que dure el suficiente tiempo será asimilado y masificado, perderá su espíritu contestatario y la gente lo aceptará con naturalidad, incluso se podrá comerciar con él. En un mundo en el que el desenfado y, muy probablemente, el descuido, han dejado ya de ser símbolo de libertad, porque ahora es el propio sistema el que difunde dicho estilo por distintos medios ¿qué es lo verdaderamente rebelde?, la respuesta es: la elegancia.
La elegancia, además de sobre el gusto al vestir, habla de un estilo de vida que conlleva cierto aire ceremonial, conocimiento y tiempo para apreciar el entorno. Tomar con gusto y seriedad el momento para elegir los patrones, texturas y accesorios que harán nuestro atuendo, sentarse a degustar un buen puro de principio a fin, acudir con emoción a la prueba del sombrero a medida que hemos encargado, y darnos la oportunidad de crear nuestra propia voz, nuestra propia forma de elegancia. Lo anterior es ahora lo que sale de lo común, es ir a contracorriente, pero no de forma necia, sino con el objetivo de rodearnos con belleza y compartirla.

Afirmamos, fervientemente, constantemente, consistentemente, que vestir bien constituye, hoy en día, el verdadero acto de rebeldía.
Sinceramente,
A.J.